Sinopsis

Mi Crush es un Michi

Capítulo 17 de 27

Yetzirah llega a su nuevo hogar en donde una enemiga la espera ya

—¡Oh, este, yo, este! —respondió Yetzirah angustiada tratando de encontrar una solución inmediata al problema en el que la había metido Kaled—


—¿Estás bien? —preguntó Gael mientras se asomaba al asiento de atrás para asegurarse de que todo estuviera en orden.


—No, creo que me voy a enfermar, traigo un poco irritada la garganta —atinó a decir la joven fingiendo toser y darle una tonalidad más grave a su voz, para que Gael creyera que había sido ella la que había pronunciado esas palabras que había dicho Kaled anteriormente.


—Oh, sí ya veo —respondió Gael comprensivo.


—¿Falta mucho para llegar?


—No, Yetzirah, ya casi llegamos. ¿Tienes prisa? Espero no haberte incomodado. De repente has mostrado prisa por terminar la trayectoria, por eso pregunto, no vayas a creer que es por otra cosa.


—No, claro que no, tú no me has incomodado en ningún sentido. Me ha incomodado mi gato. Es Kaled el que me tiene sumamente indignada.


—Ya olvídalo, no es para tanto. Yo ya lo he olvidado. Los gatitos son así, y eso es lo más lindo de ellos, su espontaneidad y que no se complican tanto la vida como lo hacemos nosotros los humanos. 


—Gracias, Gael.


—De hecho, no te lo había dicho, pero yo también tengo una gatita. Es negrita como Kaled, un día se la presentaré, estoy seguro de que se llevarán bien. Con suerte y hasta se gustan y se hacen novios, ¿no sería padre? Que nos volvieran abuelos. Digo, porque yo veo a mi gatita como si fuera mi hija, y supongo que tú ves así igual a todos tus gatitos.


—Sí así es, los quiero y los cuido como si fueran mis gatijos.


Después de escuchar esto, Kaled se desprendió de los brazos de Yetzirah y fue acurrucarse debajo del asiento trasero maullando quedamente en forma de llanto desconsolado, para expresar así la profunda tristeza que le embargaba el alma. 


—¡Listo, hemos llegado a tu destino, Yetzirah! —anunció Gael haciendo que la joven dejara de prestar atención al berrinche de su gato.


Al despedirse, reiteraron el compromiso de algún día volver a verse. Kaled los escuchaba a lo lejos, sabía que era inevitable su desventaja frente aquel guapo jovencito. Yetzirah apenas los había comenzado a conocer a los dos, pero él era un simple michi y Gael era un hombre. 


Cuando la joven quedó sola frente a la puerta de la casa de su padre se dispuso a tocar el timbre, no sin antes suspirar profundamente. Le abrió una empleada doméstica, que parecía haberla estado esperando.


—¿Es usted la señorita Yetzirah?


—Sí soy yo, ¿cómo sabe usted mi nombre?


—Todos en esta casa ya sabemos quién es usted y la hemos estado esperando con ansias todo este tiempo, para darle la bienvenida que usted merece. El señor ha dejado instrucciones para que todos nos pongamos enteramente a sus órdenes y la hagamos sentir cómoda.


 »En estos momentos él no se encuentra en la ciudad, ha salido a un viaje de negocios, pero no tardará muchos días en llegar. Mientras tanto, siéntase en la confianza de pedirle a cualquiera de nosotros cualquier cosa que usted necesite, todo lo que usted pida le será concedido. Sus deseos serán siempre órdenes para todos nosotros.


—Gracias, es usted muy amable. Me comentó el señor de la casa que tenían un Chalet en donde…


—Claro, señorita —se apresuró a decir la empleada doméstica sin dar tiempo a que Yetzirah terminara su oración—. Lo hemos acondicionado para el albergue de sus gatos como el señor nos lo indicó, todo está impecablemente listo para usted y sus invitados gatunos. Sígame por aquí, por favor, la llevaré al chalet ahora mismo para que sus gatitos puedan tomar posesión de lo que desde ahora en adelante será su nuevo hogar.


Mientras Yetzirah y la empleada doméstica se dirigían a la puerta que daba al jardín rumbo al chalet, la hermanastra bajaba las escaleras y se daba cuenta de su llegada.


—Supongo que esa zarrapastrosa es la bastarda, ¿no es así? —preguntó con tono despectivo la joven a una empleada doméstica que estaba al pie de la escalera y había presenciado la llegada de Yetzirath.


—¿Se refiere usted a si esa joven que acaba de llegar es su media hermana?


—No, estúpida, esa bastarda no es nada conmigo. Ella y toda esa bola de gatos pulgosos y roñosos no son más que seres corrientes, nacos e inferiores, no son dignos de ostentar el estatus social de mi familia. Su sola presencia aquí es ya un desprestigio para nuestro apellido, pero yo me encargaré de resolver esto lo más pronto posible. Ella y toda su jauría de gatos mugrosos se van a largar muy pronto de aquí, eso dalo por hecho. 


—Como usted diga, señorita Camila —respondió la empleada doméstica mientras bajaba la mirada reverencialmente evitando contradecirla, pero por dentro la odiaba, como la mayoría de las demás empleadas de la casa, debido a su prepotencia y altanería.