Capítulo 8 de 27
Una promesa gatuna formal y una historia de amor que contar
Por un instante Yetzirah permaneció de pie replegada en sus pensamientos, allí junto a la mesa, sin poder salir de aquel estado de shock en el que la habían sumido las palabras y acciones y Kaled.
Después de varios minutos todo aconteció muy pausadamente, como una escena de cine en cámara lenta: sus rodillas perdieron rigidez; colocó su mano derecha sobre el borde de la mesa para poder mantenerse de pie; luego se sentó en la silla; inclinó la mirada hacia el suelo con sobrada pesadez; sus mejillas comenzaron a bañarse de lágrimas; se levantó de la silla y se dejó caer al suelo quedando en posición de flor de loto junto a Kaled; levantó levemente, con su mano derecha, el mantel de la mesa para mirar a Kaled fijamente a los ojos; acarició el rostro del gato con ternura, para después preguntarle dulcemente:
—¿Quién eres tú, Kaled? ¿Por qué estás aquí? ¿A qué has venido? ¿Qué quieres de mí?
Kaled no respondió nada, sólo se limitó a maullar como cualquier michi normal. Todo parecía volver a la normalidad, Kaled era un simple gatito ordinario y ella un simple ser humano, no había nada extraño allí.
—Háblame, Kaled, por favor. Comprendo que estás lastimado por mi incomprensión, y por eso ahora te niegas a ser quien eres tú realmente. Te niegas a hablar, cuando sé que hay muchas cosas que deseas expresar.
»Perdón por no tener la sensibilidad suficiente para aprender a escuchar al que me ama de verdad, veo en tu mirada dulce cariño y ternura, veo sinceridad y cordura.
»¿No ves acaso tú la mía? Mis lágrimas son la evidencia sincera de mi humilde arrepentimiento. ¿Crees que miento? ¿Crees que no estoy verdaderamente conmovida por haber herido tus sentimientos? Creo en ti como creo en mí, y si me escuchas, yo a ti; y si me hablas, yo a ti: si tú sufres, yo por ti.
»Háblame, por favor, prometo prestar toda mi atención y creer en ti plenamente sin absoluta discriminación.
—De acuerdo, Yetzi, te contaré quién soy yo y quién eres tú y por qué estamos aquí —respondió de forma apacible el gato Kaled, sin levantarse de su posición recostada sobre su costado derecho en el suelo debajo de la mesa—. Pero antes tienes que hacerme una formal promesa gatuna de que creerás y harás todo lo que yo te diga, y de que jamás volverás a negar que tengo la capacidad de poderme comunicarme contigo y que lo mismo que hay en ti, hay en mí.
—Sí, Kaled, estoy de acuerdo, lo prometo.
—No, así no es suficiente, tiene que ser una promesa gatuna formal —recalcó el gato con insistencia.
—Es que yo no sé cómo es eso de promesa gatuna formal, creí que con sólo decir sinceramente que lo prometía era suficiente.
—No, Yetzi, con prometer algo de palabra nunca es suficiente, las palabras se las lleva el viento; es necesario hacer pactos y rituales formales, para que se conviertan en anhelos más inquebrantables.
—Bien, entonces dime, ¿cómo se hace una promesa gatuna formal?
—Pon tu mano en mi corazón, está aquí en mi pecho al final de mi pata superior; luego mírame fijamente a los ojos, hasta que puedes ver el reflejo de ti misma en mis pupilas, y luego di en silencio mi nombre y lo que me prometes; cierra tus párpados lentamente, como si fueran cortinas apagando la luz de tu mirada; quédate allí en silencio un instante, hasta que te sientas lista, no llevamos prisa, siente la brisa del viento como sutil caricia; cuando creas que ya es el momento, abre tu corazón y mírame nuevamente a los ojos, y si ves en mis pupilas el color de tus ojos reflejado, será la confirmación concreta de que nuestro pacto estará sellado y ya no habrá fuerza capaz de poderlo frenar, ni la misma eternidad lo extinguirá jamás. Porque no han sido sólo palabras, fue la unión espiritual de tu corazón con el mío.
—Suena muy lindo —suspiró la joven realmente conmovida y enternecida.
—Eso me lo enseñaste tú, Yetzi, fuiste tú quien creó ese mágico hechizo.
—¿Yo? —preguntó Yetzi, incrédula.
—Sí, cariño, tú y yo somos almas eternas que venimos de otra época histórica. El destino nos ha vuelto a juntar, por amor a nosotros mismos y a la humanidad. ¿Crees en la reencarnación?
—No sé, a estas alturas de mi vida ya no sé en qué creer ni en qué no creer. Un gato que habla es definitivamente el principio de la ruptura de todos mis paradigmas.
—No, Yetzi, te equivocas. El principio de la ruptura de todos tus paradigmas comenzó el día en que decidiste comenzar a dar a todos los gatos de la calle la misma dignidad que se le daría a cualquier ser humano. Allí comienza tu verdadera esencia transversal.
»Cuando desvías el rumbo que todos siguen, siempre llegas a un lugar distinto. Y lo distinto es siempre lo que da la originalidad, allí está nuestra libertad, Yetzirah. En construir nosotros mismos nuestra propia identidad existencial sin dejarnos influenciar por los demás.
—¡Eres un gato muy misterioso y sabio!
—No, Yetzi, sólo soy un ser muy viejo y aprisionado en este cuerpo físico tan pequeño. A veces me canso tanto, ¿sabes?, que quisiera llegará un día en que pudiera dejar de pensar.
—¡No, Kaled, vamos! ¡Qué no decaigan los ánimos! ¡Hagamos esa promesa gatuna formal y comencemos a soñar! Cuéntame esa bella historia extrasensorial, de almas eternas que reencarnan y se vuelven a encontrar en otro tiempo y otro espacio universal, para amarse sin cansancio y sin final por toda la eternidad.
—Muy bien, Yetzirah, escucha con mucha atención. Para poder comprender cabalmente la siguiente historia es necesario que cierres tu mente y abras tu corazón, de lo contrario, cometerás el error de no saber quién eres tú y quién soy yo.