Capítulo 9 de 27
La historia de amor y reencarnación comienza a ser contada
—¡Oh, Juana, amada mía!, sé piadosa conmigo y dame tu compañía. Yo quiero tu vida al lado de la mía formando una hermosa familia, con niños y niñas que iluminan nuestros días.
—No, Giliberto, ya no insistas más, por favor. Yo no quiero saber de amor, ni de hijos, ni de matrimonios. Yo quiero ser libre como el viento, cultivar mi mente y mis sueños, navegar por los mares como doncella aventurera y conocer otras tierras.
—Si eso es lo que deseas, vente conmigo, yo te aceptaré así rebelde y aventurera. Prometo no atarte a la servidumbre que no deseas.
—No, cariño, ni siquiera tú mismo eres consciente de tus desatinos. Los hombres son como niños, no son capaces de descomprimirse de sus propios límites. El mundo es tan sencillo para ustedes, que por eso sólo piensan en amores y cariños. ¿Quién puede renunciar a ser amo y señor cuando el mundo le aplaude y concede ese honor?
—Yo renuncio a todo y me quedo cautivo de tu amor, de tus designios, de la flor de tus encantos y fulgores. Escucha este poema que he memorizado en mi mente para ti, apenas lo he leído y comprendí que había sido escrito justo para describir lo que tú me haces sentir muy dentro de mí:
»Escrito está en mi alma vuestro gesto,
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribisteis, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.
En esto estoy y estaré siempre puesto;
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.
»Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma mismo os quiero.
Cuando tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero.
—Son muy lindos esos versos, creaciones bellas de Garcilaso de la Vega. Eso me gusta de ti, Giliberto, eres dulce y de corazón tierno. Te gusta leer lo bello y enamorarte de lo eterno, pero la vida en matrimonio es mucho más que eso. Tú no los ves porque estás cegado por la pasión vibrante de tu corazón, además de que por ser hombre has nacido con la bendición de ser designado por la sociedad para convertirte en el amo y el señor.
»¿Acaso no has leído ese libro por el cual se nos ha condenado al exterminio a las mujeres que no aceptamos nuestro destino divino de ser servidumbre ante ustedes? Se jactan de que ha sido Dios mismo quien nos condenó con esa maldición.
—No, no lo he leído, todo lo que sé de él es lo que por boca tuya me ha sido compartido. Pero quiero que sepas que estoy de acuerdo contigo en desdecir lo que allí se ha compartido. Tan en contra de dichas infamias me encuentro que tengo otro poema que también ha sido escrito por otro poeta, que pareciera supiera los pregoneres precisos de mi alma en pena. Y así como los memorizo para decirtelos cuando te veo, también los transcribo para pedirte humildemente que te quedes con ellos como eterno recuerdo de este enamorado tuyo sincero.
—Basta ya, Giliberto, por favor, no me leas más versos. Que entre más te escucho más te creo, y entre más te creo más te quiero. Pero no es prudente quererte, porque las carnes querientes confunden la mente hasta convertirlas en sus sirvientes. No quiero versos, no quiero poemas; no quiero condenas, no quiero penas.
—Por favor, Juana de mi amor, sólo uno más. Deja que te lo lea a viva voz y después guarda este pergamino en un espacio de tu corazón.
—De acuerdo, Giliberto, dilo. Y que Dios decida mi destino, si a ti me adhiero o a ti me olvido.