Sinopsis

Mi Crush es un Michi

Capítulo 5 de 27

Una decisión difícil de tomar

—Ya despertaste, dormilona, te ves muy linda cuando duermes. Pero ocupas comer un poco para recuperar fuerzas, te preparé una sopita de verduras —le dijo Kaled dulcemente a Yetzirah mientras le arrimaba una cucharada de sopa de verduras caliente a la boca.


—¿Qué está pasando, Kaled? ¿Por qué estás platicando conmigo? Tú eres un gato, los gatos no hablan. ¿Quién hizo esa sopa? Nunca había visto que un gato cocinara. ¿Qué me está pasando? ¿Estoy soñando? Nada de esto es real —balbuceaba Yetzirah todavía muy debilitada y decaída, no daba crédito lógico a todo aquello que le estaba ocurriendo.


—Todo está bien, Yetzi, corazón. Nada malo te pasará, mejorarás pronto. Sólo el fuego puede separarnos, mientras no sientas arder tu piel todo estará bien. Esa fue la promesa que me hiciste y la cumpliste, por eso estamos aquí juntos. Tu resfriado es señal de que has regresado aquí a mi lado. Prueba tu sopa, está muy rica, te hará bien —volvió a insistir el gato mientras ponía otra cucharada de sopa junto a la boca de la joven para que la comiera.


Pero Yetzirah desconcertada y fuera de sí, alejó bruscamente la cuchara con sopa de su boca haciendo que cayera al suelo. Para después buscar presurosamente con su mano el celular en la cómoda que estaba junto a la cama, al encontrarlo lo trajo junto a sí y activó los datos para buscar en google la respuesta lógica a aquello que le estaba sucediendo. Seguía allí postrada en su cama, ya que no tenía fuerzas para ponerse de pie. 


—Google dice que es normal, que cuando las personas se deprimen tanto pueden llegar a tener delirios y alucinaciones visuales y auditivas. Tú no eres real Kaled, tú no hablas, es sólo que la partida de mis abuelos me deprimió tanto que he comenzado a ver y escuchar cosas que no existen. 


»Tal vez ni siquiera existió aquel callejón en donde te encontré. Ahora dormiré un poco, cuando despierte ya no me sentiré tan decaída y tú ya te habrás ido. Márchate, Kaled, no existes.


Yetzirah se recostó convaleciente y se cobijó poco a poco mientras cerraba sus ojos color miel y sentía que comenzaba a caer en un profundo precipicio oscuro sin final. De pronto, pareciera como si al instante un fuerte tocar en la puerta interrumpiera su sueño. Al despertarse de golpe y sobresaltada sintió haber perdido la noción del tiempo.


Permaneció sentada en su cama sin saber exactamente qué estaba pasando. Hasta que de pronto un nuevo tocar en la puerta le confirmó que alguien la estaba buscando, volteo a mirar a su alrededor buscando a sus gatos, entre ellos a Kaled. En efecto, allí estaban sus 14 gatos ronroneando a su alrededor y acariciándola con el vaivén del roce de su pelaje una y otra vez, como ya era costumbre. 


También Kaled hacía lo mismo, como cualquier gato normal. Ya no le hablaba ni le ofrecía de comer sopa, todo había vuelto a la normalidad. Los resfriados se desvanecieron y con ellos toda esa serie de eventos extraños. Todavía un poco meditabunda, Yetzirah acarició suavemente el pelaje negro de Kaled, teniendo como única respuesta que el animalito ronroneaba un poquito mientras acariciaba con sus bigotes las tersas manos de la joven. 


Yetzirah sonrió satisfecha y a la vez un poco melancólica, era bueno volver a la normalidad, al menos era un consuelo saber que no estaba loca. Pero que linda fue la experiencia de imaginar que un gatito pudiera platicar con ella. Nuevamente otro tocar en la puerta, ahora más estridente e insistente, la volvió a interrumpir de sus pensamientos.


—¡Ya voy! —respondió la joven con un grito sumamente molesta, mientras se levantaba de la cama para abrir la puerta—. ¿Quién viene a tumbar la puerta de mi casa a golpes? Si no salgo, pues lárguense, no espero a nadie, caray.


Al abrir la puerta de la casa vio a la trabajadora social junto a un hombre de edad madura y elegantemente vestido, un carro de lujo estacionado detrás de ambos con chofer vestido formalmente.


—Yetzirah, supongo que entiendes quién es este señor y por qué estamos aquí él y yo… —dijo la trabajadora con voz suave, tratando de hacer las cosas con la mayor sutileza posible.


—Claro que sé quién es ese señor, no estoy tonta, no me trate como si lo estuviera —gritó la joven irritada interrumpiendo a la trabajadora social sin dar tiempo a que terminara de explicar—. Váyanse de aquí, no los necesito, no me iré con ninguno de ustedes. Déjenme sola, yo puedo vivir aquí sola en casa de mis abuelitos con mis gatitos. 


—No, Yetzi, eso no está legalmente permitido. Eres todavía una jovencita de 16 años, y por eso no está permitido que vivas sola. Sólo tienes dos opciones, aceptar vivir con tu padre o te tendremos que internar en un orfanato. Pero ten en cuenta que en el orfanato no tendrás permitido llevar a tus gatos, en casa de tu padre él ya accedió a dejarlos entrar —respondió la trabajadora social con voz dulce, conciliadora pero firme.


El padre de la joven no pronunciaba palabra alguna, permanecía con la mirada fija hacia el suelo, sin atreverse siquiera a mirar a los ojos a la adolescente. Tal vez sentía pena de sí mismo y de su cobardía por haberla abandonado.


Todos los gatos salieron a la puerta a acompañar a Yetzirah mostrando todo su amor, cariño y comprensión en ese momento tan difícil para ella. En el lenguaje que ellos solían comunicarse: ronroneos, repegar su cuerpo y pelaje en las pantorrillas de la chica y ella tomarlos entre sus brazos y acariciar suavemente su pelaje. Por un momento la jovencita no respondió nada a la trabajadora social, continuó concentrada en el cariño de sus gatos mientras una tímida lágrima se escapaba de sus pupilas y rodaba pausadamente por sus mejillas. 


—Fui a tu trabajo del restaurante, me dijeron que llevas días sin ir a trabajar. He venido a tocar personalmente y nadie me había abierto la puerta. Ya ha pasado más de una semana desde que tus abuelos partieron, ¿dónde habías estado todo este tiempo? Todos estábamos muy preocupados por ti. 


»Pregunté a los vecinos y me dijeron que llevaban días sin verte. La señora de la tienda me dijo que la última vez que te vio fue hace más de una semana, el día del entierro de tus abuelos, que ibas con un gatito negro y que fuiste muy grosera con ella. ¿Estás bien? ¿Dónde te metiste todos estos días?


Yetzirah no respondía nada y sólo se limitaba a acariciar a Kaled mientras lo refugiaba entre sus brazos. Un nudo oprimía su garganta, estaba molesta pero a la vez desconsolada y profundamente devastada. 


—Yetzi, cariño, dime algo —suplicó la trabajadora social amablemente—. No quiero hacer esto más difícil para ti, no me hagas llevarte a la fuerza, sé que eres una jovencita muy inteligente y por eso tú entiendes que esto es lo mejor para ti. Vamos a hacer algo, te daremos chance de que lo pienses con más calma y mañana volveremos a regresar. Ten ya tus maletas preparadas, mañana ya no hay vuelta atrás. Es definitivo, vendrás con alguno de los dos.