Capítulo 6 de 27
Un padre arrepentido pide perdón a su hija abandonada
Esa mañana al abrir los ojos, lo primero que vio Yetzirah fueron los profundos ojos color miel de su gato Kaled, que estaba acostado sobre su pecho mirándola fijamente.
—¡Hola, gatito, hermoso! Buenos días —dijo Yetzirah aliviada de ver que todo había vuelto a la normalidad y su gatito ya no le hablaba ni la despertaba con un plato de sopa caliente.
Haciendo suavemente a su gatito a un lado de la cama se levantó y cogió un plato grande y hondo para servir leche a sus gatos, todos comenzaron a amontonarse a su alrededor con el típico ritual fraternal que te ofrecen los mininos cuando saben que los vas a alimentar.
—Más de una semana, ¿qué pasó en todo ese tiempo? ¿Estuve aquí enferma todos estos días? ¿Quién cuidó de ustedes mis hermosos? —preguntaba retóricamente Yetzirah mientras alimentaba a sus gatitos y miraba con recelo a Kaled, como esperando algo inusual en él, una señal que le confirmara que todo lo vivido junto a este gatito y su convalecencia no había sido un sueño.
Pero era en vano, el gatito sólo ronroneaba y repegaba su pelaje igual que los demás. Nada extraño, todo normal. Así son quizás los sueños, transfiguraciones extrañas de lo habitualmente percibido a través de los sentidos, que cuando los estamos experimentando tenemos miedo de ellos, pero cuando cesan, los extrañamos y más concretamente, los añoramos.
Y de pronto, nuevamente aquel estridente sonido molesto de tocar a su puerta. Intrusos, visitantes incómodos. La joven dejó a los 14 gatos comiendo en la cocina para ir a abrir la puerta, esta vez sólo había venido su padre, ni siquiera estaba el carro de lujo esperándolo con su chófer al pie de la calle.
La joven incrédula dio un paso al frente y volteó rápidamente hacia sus dos laterales, para cerciorarse de que evidentemente su padre había venido esta vez solo. Y en efecto, así era, no había ninguna otra persona a la vista en aquella calle desértica.
—Sí, Yetzirah, he venido solo, porque así debí hacerlo desde un principio. Pero fui un cobarde, por eso no hice las cosas adecuadamente, tenía miedo de estar a solas contigo. Temo a tus desprecios, a tus reproches, porque sé que los merezco.
»Me siento muy arrepentido de haberme desatendido de ti, y sé que no hay nada que pueda justificar mi actuar.
»Sólo quiero pedirte humildemente que me des la oportunidad de resarcir todo el daño que pude haberte provocado con mi poca hombría de deslindarme de ti y no asumir mi responsabilidad de paternidad.
»Aunque sea difícil de creer para ti, realmente siempre estuve pendiente de ti. He seguido tus pasos, tus intereses, tus anhelos, tus deseos. Te conozco más de lo que puedas imaginar. Eres idéntica a tu madre en todos los sentidos, tanto física como espiritualmente. Me la recuerdas tanto. Lamento haberles fallado a ella y a ti.
—Murió cuando yo nací, nunca la conocí… —respondió Yetzirah con un hilo frágil de voz mientras sentía que un nudo oprimía fuertemente su garganta y le impedía poder continuar dando más explicación verbal.
—Yo la amé tanto, ambos nos amamos. Ella era una mujer muy hermosa y valiosa. Fui un tonto, a veces los hombres cuando somos jóvenes no sabemos tomar decisiones acertadas y nos dejamos llevar por… Mira, eso no importa ya, lo que importa es que estoy aquí pidiéndote una oportunidad, que me permitas formar parte de tu vida.
»Como te comenté, he seguido tus pasos, sé de tu pasión por los gatos y de tu noble labor de rescatarlos de la calle. También estoy enterado de que sueñas con convertirte en veterinaria y tener un asilo más formal para poder ayudar a muchos gatitos en situación de calle.
»Incluso sé que siempre prefieres caminar en lugar de tomar el microbús a casa, sólo para ahorrar ese dinero y comprar con él alimento para tus mascotas. Tienes 13 gatitos, y ahora 14 con ese negrito que mencionó la señora de la tienda. ¿Se llama doña Caro o algo así, verdad?
Yetzirah escuchaba todo estoicamente, porque su temple de ese instante le imposibilitaba discutir o proliferar reproches. Tal vez ya estaba cansada o quizás resignada a lo inevitable de sus desgracias y situaciones desafortunadas. Kaled permanecía en el suelo junto a la pantorrilla derecha de Yetzirah, repegando suavemente su pelaje oscuro a forma de caricia, comprensión y apoyo.
—Por favor, Yetzi, dame una sola oportunidad, prometo que no te fallaré. Ven a vivir conmigo, en mi casa hay un jardín enorme con un chalet, lo podemos acondicionar para tus gatos. Incluso puedo conseguir un terreno para construir allí un asilo de gatos en situación de calle.
»Te apoyaré para que ni a ti ni a tus gatitos les falte nada, y también para que puedas estudiar veterinaria en la mejor universidad del país o del extranjero, como tú prefieras.
»Tengo una hija de tu edad, ambas se podrán hacer compañía. Estoy seguro de que se llevarán muy bien. Mi esposa casi no habita en la casa, se la pasa viajando, así que ella no significa ningún inconveniente, prácticamente nunca tendrás que verla ni convivir con ella. Yo también me la paso casi siempre fuera atendiendo mis negocios. Prácticamente la casa es sólo para ti, para tu hermana y para tus gatos.
»No quiero presionarte, no tienes que responderme ahora. Pero, por favor, piénsalo. Le he pedido a la trabajadora social que nos dé tiempo, que no presione con lo del orfanato, que dejemos que tomes tu decisión con calma.
»Vamos a darte todos los días que tú consideres prudentes para tomar tu decisión, mientras tanto yo te estaré esperando en mi casa, tu casa, allí las puertas siempre estarán abiertas para ti. Y si prefieres ir mejor al orfanato, también lo entenderé y respetaré tu decisión .
Terminando de pronunciar estas palabras el hombre sacó de su bolsillo una tarjeta con la dirección de su domicilio y se la dio en las manos a Yetzirah.
—Por favor, Yetzi, piénsalo. Míralo desde esta perspectiva, ya tienes 16 años, en tan sólo dos años cumplirás la mayoría de edad y podrás ser una persona legalmente independiente. Regálame esos dos años de tu vida, dame la oportunidad de demostrarte que puedo ser un buen padre para ti. Prometo darte el apoyo y comprensión que no te di en todos estos años, que por tonto y cobarde dejé morir.
Después de decir esto el hombre dio media vuelta y se fue caminando lentamente cabizbajo. Yetzirah permaneció allí de pie en la puerta de su casa, con la tarjeta de la dirección de su padre en la mano, mientras veía como la silueta de aquel hombre se iba alejando cada vez más y más, hasta volverse infinitamente diminuta y después terminar perdiéndose por completo en el horizonte.