Capítulo 13 de 27
Un hechizo por siete vidas de amor eterno
Y fueron contra Giliberto, o mejor dicho, contra la silueta de Giliberto, creyendo que era el demonio lo tundieron con sus armas punzocortantes hasta dejarlo al borde de la muerte. El bullicio de la algarabía terminó por conseguir que Juana pudiera volver en sí justo cuando los carceleros salieron del calabozo creyendo que habían acabado con la existencia de aquella transmutación del maligno en macho cabrío.
Las penumbras del calabozo le impidieron a Juana ver la silueta de Giliberto postrada y moribunda sobre el suelo, pero los ríos de su sangre pronto llegaron hasta donde ella estaba también tumbada en el frío suelo enterregado.
Como pudo se arrastró junto a él y una vez a su lado, pudo sentir la piel de su cuerpo hecha añicos. Colocó con suavidad su oído junto al corazón de Giliberto que latía cada vez con más lentitud y dificultad.
Como es fuerza de costumbre, que las pupilas de los seres humanos se acostumbren a la oscuridad para poder mirar un poco de claridad, así logró Juana poder mirar el tenue color miel de las pupilas de Giliberto, que de igual manera la miraban a ella también. Sus reflejos profundos, los convirtieron al uno en parte del otro dentro del universo de sus ojos.
—¿Qué has venido a hacer aquí, Giliberto? —le preguntó retóricamente la joven profundamente conmovida de ver cómo a ese jovencito poco a poco se le apagaba la vida, por su osadía de haber ido a donde nunca debió haber llegado.
—Te amo.
—Yo te hube de haber dicho que este no era un buen siglo para amarnos, que tú debías seguir tu vida y yo la mía. Este era mi destino, porque yo así lo había decidido. Tú no debiste venir jamás aquí.
—Y a dónde ir que más valga, sin ti todo y sin ti nada.
—No te das cuenta que quienes nos atrevemos a soñar con libertad ya nada puede salvarnos, estamos condenados.
—Si la mujer que amo se ha condenado, yo también por amor a ella me he condenado. Ayúdame a entender, Juana, de mis penas y mis amores. Ayúdame a entender por qué por más que yo intento no entiendo nada.
—¿Qué deseas entender, Giliberto?
—¿Por qué amas más tu libertad que ser amada y por qué yo prefiero morir que no ser amado?
—Por la naturaleza privada de los favores del viento y la degradación moral que nos es dada por la consigna autoritaria de las sociedades contemporáneas. Por eso el amor duele más que complacernos; los hombres sólo sufren cuando no son complacidos en el amor. Eso me lleva a la conclusión de que para las mujeres el amor es sólo una ficción.
En ese momento se escuchó afuera en los pasillos el murmullo de los carceleros enviados para llevar a Juana a la celebración del Auto de fe, donde le darían la condena definitiva para consumar su castigo divino ardiendo en las llamas de la hoguera.
Tanto Juana como Gilierto entraron en pánico y desasosiego, compartiendo con rapidez e impaciencia los siguientes diálogos:
—Dame un beso antes de que llegue el fin, Juana, de esos que llegan al alma; de esos que de tanto poco darse más se aman. Yo te amo aunque tú no puedas verlo, yo te quiero aunque tú conmigo no puedas hacerlo también. Pero ya todo en este mundo sale sobrando, creo que el soplo tenue de mi vida se está escapando.
—Has sido muy imprudente, Giliberto, renunciaste a la vida por alguien que poco o nada merece. Y al final todo será en vano, porque después de ti, yo enseguida también iré a morir en la hoguera de las brujas condenadas.
—Te equivocas, Juana, de mis amores y mis albores. Tú mereces de mí todos mis suspiros y mis favores, porque no hay felicidad para mí si no hay bienestar para ti. Quise amarte y te amé, quise morir por ti y morí. Estoy en paz, porque te he amado en la medida justa de lo necesario; y si hubiera eternidad, ten la certeza, juana, de que allí te seguiría amando.
—Yo también te he amado, Giliberto. Pero el miedo y mi cobardía a la esclavitud de tus designios, me impidió poder ceder ante mis emociones y pasiones. Y ahora tú te vas y yo me voy, sin tener la oportunidad de descubrir por nosotros mismos si el penar y la esclavitud son unísonos insalvables en el matrimonio.
—¿Qué es lo que intentas decir, Juana? ¿Acaso te quedas con la inquietud por descubrir lo que hubiese significado habernos amados en las sagradas instancias de dormir y despertar eternamente entrelazados?
—Éramos tan diferentes, tú la gloria y yo sirviente, tú el amo y yo la esclava. Pero ahora nos une un mismo destino en el que ambos nos igualamos, la muerte. Allí no hay dignidad humana para ambos. Me duele perder lo que quizás pudo ser diferente.
—¿Te arrepientes de decir que no ante la ilusión de construir un concepto diferente de lo que pudo haber sido el amor entre tú y yo?
—Sí, me arrepiento. La muerte logra igualar mi corazón al tuyo. Y ahora me duele perderte, a sabiendas de que también me pierdo a mí misma. Ambos partimos a un rumbo misterioso y desconocido. Tengo miedo de no haber vivido lo suficiente para comprender e inventar lo diferente.
—Eres mi amor eterno, Juana, si existe la vida más allá de la muerte, hasta allá iré para quererte.
—Me conmueve tu amor, Gilierto. No quiero dejar a la fortuna nuestra miseria o grandeza. Quiero que exista la felicidad y la gloria para los dos. Quiero que deje el amor de ser una ficción y nos llene de bendición sin desolación. Inventaré un hechizo de amor eterno para que logremos vencer lo tangible e intangible de la muerte.
—Pero, ¿qué has dicho, Juana de mi amores? Creí que era mentira eso de tus pactos hechiceros con el maligno. ¿Cómo podrías tú lograr vencer la muerte? Yo creí que tus ideales sólo apelaban a la razón de lo lógico y lo prudente.
—El maligno es un poder inexistente, como inexistente es cualquier designio de la mente. Yo también pensé que me asistía la razón pero ante esta desesperación creo que sólo puedo aspirar a lo transnatural, ¿acaso hay otra opción ante la finitud de nuestro ser en el universo?
Al terminar de decir esto, Juana pronunció un hechizo de amor eterno. La única opción para dar vida eterna a Gilierto era transmutarlo en un ser capaz de esperarla a ella a través de los distintos ciclos del tiempo. En los que ella volvería a reencarnar una y mil veces hasta encontrarle a él.
El resultado fue la conversión de Giliberto en un michi pequeño y con pelaje negro, para que cuando los guardias llegaran por Juana al calabozo no pudieran verlo. Al que la joven le hace la siguiente promesa gatuna formal:
—Hoy pierdes tu primera vida, tendrás que sobrevivir solo a las otras cinco y en la séptima vida llegaré yo y te salvaré. Te llamaré Kaled el eterno, así me podrás reconocer.
—Por siete vidas te esperaré y por siete vidas te amaré.