Capítulo 12 de 27
Juana es condenada a la hoguera por hechicera
De forma intermitente y tenebrosa, la luz de los relámpagos golpeaban aquellas penumbras bajo la lluvia al unísono del siguiente discurso desgarrador de aquella jovencita:
—Si está escrito que yo he de morir esta noche, no me resisto ante el destino, más bien entrego con dignidad mi corazón y mi alma a mis anhelos de libertad femenina.
»Bajo esta tormenta de incomprensión, yo entrego hasta la última gota de mis ideales y mis pensamientos, a todo el torrente sanguíneo que vibra dentro de mi cuerpo exigiendo la misma dignidad moral que se le da a cualquier otro hombre en esta comunidad.
»No culpo a Dios ni a los hombres de esta encomienda de ser yo, mujer, la que cargue con el peso de preservar la existencia del ser humano a lo largo y ancho de nuestras tierras. Porque con el dolor de mis partos y de mi sangre, tengo que dar vida a nuevas eras, tengo que renunciar a todo saber que en libros abunda, sólo por mi deber de cocinar y dar de beber a quien me fecunda.
»No culpo a nadie, ni siquiera a mí misma. Pero no necesito culpables para poder renunciar a mis penares. Porque descubrí que puedo ser yo misma la que me dé más de lo que a la fortuna le atañe darme. Y cuando me descubrí libre de mí misma, ya no había en mi ser más voluntad ni indignidad para sucumbir ante nadie.
»No me mueve mi Dios, no me mueve la ley de los hombres, me muevo sólo yo y mi férrea voluntad inquebrantable. Y si a eso le llaman esclavitud maligna, entonces, eso soy: la encarnación misma del pecado original que debe ser purificado ardiendo en las llamas eternas del infierno.
»Porque es más dignificante morir en el infierno, que vivir con la moral mediocre que en la tierra nos ha sido asignada.
—¡Ya calla, blasfema! No importa cuánto muevas tu lengua poseída por el maligno, te llevaremos a juicio por hereje y hechicera —dijo aquel hombre, representante de la Iglesia, con una cruz verde dando un paso delante de la multitud y abofeteando con una fuerza descomunal a la joven, al grado de dejarla tirada en el suelo al unísono del rayo y el relámpago en el cielo—. Rápido, atarla de pies a cabeza y llevarla a los calabozos, está pasando por un trance de posesión del demonio. Y vayamos a cazar a las otras antes de que amanezca, que no escapen.
Enseguida varios hombres la sometieron con gran brutalidad y la llevaron casi a rastras a donde se les había indicado. Abrieron aquellas rejas viejas y oxidadas del calabozo, para después aventarla con fuerza contra las paredes de aquella pequeña prisión.
Juana creyó escuchar el crujido de las costillas de su cuerpo partiéndose en mil pedazos antes de quedar inconsciente en el suelo oscuro y húmedo de aquel agujero lleno de alimañas y roedores, que poco a poco habían comenzado a roerle la piel de su cuerpo.
—Esta bruja ha sido poseída por satanás, la virginidad le ha entregado —dijo la comadrona que se encargó de verificar las encomiendas de los dictámenes civiles y eclesiásticos para aquellos crímenes de los que Juana era acusada.
La sometieron a innumerables vejaciones y humillaciones, hasta que la hicieron perder la conciencia de sí misma, del tiempo y del espacio. Hasta que a lo lejos pareció escuchar el susurro de su nombre en el viento.
Pero pesaban tantos sus golpes y heridas que le impedían incluso poder levantar los párpados de sus pupilas. Intentó abrir sus labios para poder responder a aquel llamado, pero tampoco sus labios le respondieron.
Estaba escuchando aquel llamado de su nombre, pero sus fuerzas le impidieron hacerle saber a aquella voz lejana que ella seguía allí en cuerpo y alma.
—Escúchame, Juana, he venido por ti, te sacaré de este lugar y nos iremos lejos, para que nadie pueda dañarte más.
Gilierto había logrado burlar a los guardias y abrir las rejas de aquel calabozo para liberar a su amada. Al estar junto a ella la tomó entre sus brazos y colocó en su regazo, mientras con voz suave la seguía llamando por su nombre con la esperanza de que volviera en sí. Pero Juana, pese a que lo escuchaba, no tenía fuerzas para dar señales de conciencia y entablar comunicación alguna con él.
Pero de pronto, varios guardias llegaron al calabozo, y al ver la silueta de Giliberto entre las penumbras, allí postrado con Juana entre sus brazos, gritaron con histeria y descontrol:
—¡Es el maligno, ha transmutado en macho cabrío y la está poseyendo carnalmente para liberarla!