Capítulo 14 de 27
Un auto de fe y la muerte de dos enamorados
En pleno Zénit del sol en aquella tarde comenzaba la procesión del auto de fe encabezado por el estandarte del Santo Oficio, comisarios y notarios de la inquisición. Eran seguidos de una muchedumbre de más de 50 mil personas hambrientas de curiosidad morbosa, que habían venido de otros poblados lejanos y cercanos, e incluso de otros países, para presenciar aquel despiadado espectáculo.
Juana sintió el fuerte golpe de los rayos del sol dañando las retinas de sus pupilas acostumbrada ya a la oscuridad de aquel calabozo donde había estado cautiva por varios días. Por un instante, la fuerza de la luz le impidió abrir los párpados y caminaba débilmente a tropiezos empujada y arrastrada por una soga rodeando su garganta.
Cuando por fin pudo abrir los ojos, miró a sus antiguas compañeras de aquellas antiguos reuniones, que también iban como ella unas con la soga en el cuello y otras tantas con sambenitos, corozas con aspas, velas y sogas. Otras tantas parecían ya no estar allí. Como si hubieran logrado escapar o como si fueran dentro de aquellos ataúdes que se unían al cortejo.
La Santa Cruz verde fue plantada en lo alto del cadalso, donde se aposentaban las autoridades civiles y el estado esclesiastico subió al púlpito y está sentado a la derecha de las autoridades, para desde allí juzgar a las brujas vivas y a las brujas ya muertas en los interrogatorios.
Enseguida, las penitentes fueron arrojadas de rodillas ante ellos. Se les prohibió a las condenadas a muerte atreverse a levantar los ojos para mirarlos.
El inquisidor encargado de la investigación donde las jóvenes acusadas de brujas fueron torturadas en busca de confesar sus pactos con el diablo, levantó en los aires con su mano derecha un cofre de oro ataviado de diamantes y terciopelo, para después agregar las siguientes palabras:
—He aquí las pruebas que demuestran la herejía de estas brujas y las sentencias a las que han sido condenadas.
Entre esas pruebas se encontraban los poemas que Giliberto había entregado a Juana y que los inquisidores habían encontrado en los bolsillos de la joven al momento de ser capturada aquella noche de tormenta en la caverna.
Juana lloró en silencio cuando escuchó al inquisidor leer el poema “Yo soy quien libre me vi” de Jorge Manrique como prueba de que por sus hechizos malignos había alejado a un hombre indefenso del camino de Dios para esclavizarlo a la veneración carnal de ella.
Y lloró no por la muerte que le esperaba, lloró por el recuerdo de aquel amor humano tan profundo que en ese instante la vida le arrebataba. Lloró por Giliberto y lloró por ella, y también lloró por sus compañeras que al igual que ella serían quemadas en la hoguera. Sintió desprecio por un momento hacia sí misma, se creyó culpable de arrastrar a aquel suplicio a los demás sólo por invitarlos a unirse a sus ideales.
¿Valía la pena morir así sólo por negarse a asumir el rol que la sociedad dictaminó para todas ellas?
Y fue azotada a latigazos una y otra vez ante las autoridades eclesiásticas y civiles y no dijo nada. No se defendió, no imploró, claudicó ante su ímpetu de expresar sus pensamientos en lucha y defensa de la igualdad de sus derechos ante el sexo opuesto.
Todas fueron quemadas vivas, por instinto e impulso gritaron de dolor, angustia y desesperación. Pero cuando todos se fueron y el viento sopló con fuerza sus últimos alientos las fogatas cedieron y se extinguieron. Juana no había muerto, su piel en llagas parecía caerse en mis pedazos, pero ella aún respiraba. ¿Cómo puede pervivir la conciencia despierta con el cuerpo hecho añicos?
No muy lejos de allí escuchó el maullido de un gato, era Kaled, que llegaba junto a ella intentando salvarla. Pero ya era demasiado tarde. Ella quiso hablarle, pero su lengua estaba incinerada, no fue capaz de pronunciar palabra alguna. No pudo decirle por última vez lo tanto que lo amaba.
El verdugo encargado de la quema de brujas que aún rondaba por allí, se acercó al ver a Kaled junto a aquella joven y pudo notar que ella todavía continuaba con vida.
—¡Esto es obra del infierno, que ella siga viviendo, y este gato debe ser el enviado de satanás para salvarla! —gritó el hombre eufórico e histérico mientras encendía una antorcha para volver a encender la hoguera de Juana y sujetaba a Kaled bruscamente y lo aventaba a que ardiera junto a ella.
Cuando El gato Kaled voló por los aires hasta estamparse en el pecho de Juana, ella como pudo lo tomó entre tus brazos y se miraron ambos con profunda tristeza y amor.
—¡Encenderé esta hoguera las veces que sean necesarias! ¡Arde en el infierno, bruja maldita! ¡Ni tú ni tu amo podrán gobernar en la tierra jamás, mueran herejes malditos! ¡Ardan eternamente en las llamas del infierno, porque es allí el único lugar a donde pertenecen, herejes!
Y allí muriendo entre sus brazos, Kaled recitó desconsolado unas coplas del poeta Jorge Manrique a su amada, que junto a él también su vida se apagaba:
“Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer;
cómo después de acordado
da dolor;
cómo a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.
Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera.”