Sinopsis

Mi Crush es un Michi

Capítulo 21 de 27

Primer día de clases y una batalla campal entre medias hermanas

—¡Señorita Yetzirah, señorita Yetzirah! —llamó insistente Fidelina a la puerta de la recámara de la joven—. El chófer ya está esperándola abajo para su primer día de clases. 


—¡Hola, Fidelina, buen día! Perdón por la tardanza, me he quedado dormida, pero ya estoy lista —comentó la joven mientras salía presurosa de su habitación con la mochila a cuestas.


—Buen día, señorita, no se preocupe. En realidad no va tarde, tiene todavía suficiente tiempo.


Abajo en el estacionamiento, Camila la esperaba al pie de la camioneta que las llevaría a la escuela, en cuanto la vio llegar a su lado la barrió humillantemente con la mirada.


—¿Qué sucede? ¿Qué te causa esa sensación tan incómoda al ver mi apariencia? ¿Cómo me veo o qué? ¿No te gusta mi estilo? ¿Demasiado naco y corriente para su estatus y glamour de alteza?—preguntó Yetzirah preocupada al ver como su hermanastra la miraba de aquella forma tan irritante.


—No, hermanita, al contrario me encanta tu estilo. Luces tan, tan, pero tan… aesthetic. Tan sólo un pequeño moño en tu look y serías una sublime beldad coquette, ni la misma Kendall Jenner ni la tal Zendaya podrían aspirar a llegar a tu nivel tan excelso de modelo de alta costura. Absallarías con ese look en la Semana de Moda en París. 


Ese tono tan arrogante e hipócrita tuyo no me agrada ni en lo más mínimo. Y como es evidente que para ir a la escuela tendré que compartir esta camioneta contigo, prefiero mejor no subir allí porque padezco ofidiofobia. 

»Me iré mejor en el autobús escolar, leí en Internet que pasaba a unas cuadras de aquí. Así es, tu mega colegio glamouroso top número uno en el país también tiene alumnos becados y de bajos recursos económicos que necesitan transporte público. 


»Así que tomaré esa opción de transporte, a fin de cuentas ese es el lugar a donde pertenezco, allí es donde debo estar: con lo más inferior y ruín para la gente fifi como tú. 


—¿ofibidiqué? —se preguntó confundida Camila a sí misma mientras Yetzirah se alejaba a prisa caminando y ella se quedaba al pie de la camioneta buscando en Google el significado de aquella palabra.


Tal vez entró en pánico de pensar que era una de esas enfermedades contagiosas de las que sus compañeras Regina y Ruby le habían advertido que, podían tener los gatos de su hermanastra o incluso la hermanastra misma podría ya padecerla. 


Pero su pánico pronto entró en transición hasta convertirse en furibunda indignación. Pues descubrió que Yetzirah no sólo se había atrevido a decirle en su cara que era una hipócrita, sino que, además le  dijo literalmente que era una serpiente, o lo que es lo mismo, una víbora. 


Definitivamente las cosas no iban a ser tan fáciles para ella, su hermana resultó con mucho más carácter de lo que ella esperaba. Tal vez creyó que por su amor a los animales, y en especial a los gatos callejeros, su hermanastra sería un ser noble, sensible, frágil e indefenso, al que sería fácil humillar, denigrar y pisotear. 


—¡Estúpida, esto no se quedará así! ¿Quieres guerra? Pues guerra tendrás. —dijo Camila rabiando de coraje para después encaminarse detrás de su hermanastra, que ya le llevaba un largo trecho de ventaja.


—Señorita —la llamó el chófer que hasta el momento había permanecido en silencio allí al pie de la puerta de la camioneta esperando a que ambas hermanas subieran a ella, para llevarlas a la escuela. 


—¿Qué quieres, estúpido? —le respondió despotamente la joven mientras detenía su apresurado paso y daba media vuelta para escucharlo.


—Perdón, señorita Camila, pero, ¿no va usted a subir a la camioneta para que la lleve a su colegio?


—¡Imbécil! —gritó molesta la jovencita y se dio media vuelta para seguir su rumbo a pie en la misma dirección que su hermana.


Era evidente que el chófer había estado escuchando toda la conversación y discusión entre las jóvenes, como también era muy común que estuviera acostumbrado a esas altanerias y arranques de la señorita Camila. 



Cuando Camila llegó a la parada del autobús escolar ya era demasiado tarde, Yetzirah ya no estaba allí, era evidente que ya había pasado el transporte por ella. Molesta sin saber qué hacer arrojó su mochila contra el piso de la banqueta y comenzó a dar puntapiés sobre la mochila, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas de impotencia. Una más de sus típicas rabietas. 


De pronto, la joven pudo tener un poco de lucidez e ideó una solución para su problema. Sin perder tiempo, tomó su celular y le marcó al chófer:


—¡Ven inmediatamente por mí! —fue lo primero que escuchó el chófer cuando atendió al teléfono.


—¿Señorita Camila? —preguntó el chófer desconcertado al oír aquellos gritos coléricos de la joven.


—Sí, soy yo, ¿quién más, idiota?


—Perdón, señorita Camila, ¿a dónde paso por usted?


—Estoy a tres cuadras de la casa, en la esquina donde hace parada el autobús escolar.


—Sí, inmediatamente llegó por usted allí. ¿Está todo bien? ¿Usted está bien? —preguntó el chófer honestamente preocupado pensando lo peor. Pero Camila ni siquiera se dignó a responderle y le colgó la llamada sin más ni más. 


Cuando el chófer llegó al lugar junto a la joven, bajó inmediatamente de la camioneta para ver qué era lo que había ocurrido. Su preocupación aumentó cuando vio la mochila de la chica sobre la banqueta, toda batida y desaliñada. Después volteó a ver a Camila sin decir nada, pero con su mueca facial indicaba que esperaba algún tipo de explicación por parte de ella.


—¿Qué esperas? ¡Recógela! —ordenó Camila prepotentemente. 


El chófer agachó la cabeza de forma sumisa y siguió la orden que le había sido dada. Tomó la mochila y la colocó en su regazo, esperando en silencio más indicaciones.


—Vas a llevarme a donde está el autobús escolar en estos momentos para que yo lo tome y me vaya en él a la escuela.


El chófer desconcertado no supo qué decir ni qué hacer, le parecía absurda aquella petición de la joven. 


—¿Qué esperas? ¡Abre la puerta de la camioneta, rápido! —gritó Camila mientras le chasqueaba los dedos ofensivamente.


—Pero es que, señorita Camila, yo no sé dónde está ese autobús en este momento. Me supongo que va rumbo a su escuela, pero no conozco que ruta sigue para llegar allí.


—¡Ese no es mi problema, ese es tu problema! Pero sólo una cosa te advierto, que si no me puedes subir en ese autobús antes de que llegué a su destino, y con la suficiente anticipación para poner en su lugar a esa zarrapastrosa en frente de todos los mugrosos que van arriba de él, estás despedido —amenazó Camila con voz firme.