Capítulo 20 de 27
Falsas amistades y nido de víboras
—Es una zarrapastrosa, ella y su jauría de gatos roñosos y pulguientos parecen como sacados de una muchedumbre de pepenadores del basurero municipal —contaba asqueada Camila a sus amigas en el club
—¿Y dices que esa marginal entrará a estudiar en el mismo salón de clases en donde vamos nosotras? —preguntó Rubí con suma adversión.
—Sí, mi padre se ha empeñado en querer darle el mismo lugar que yo tengo, ¡hazme el favor! Esa “come cuando hay” no me llega ni a los talones, me muero de vergüenza de pensar que la dará a conocer ante la alta sociedad como su hija legítima, cuando es una bastarda muerta de hambre.
—¿Es enserio? —preguntó Regina asombrada.
—Sí, mi padre tiene planeada una ceremonia oficial para presentarla formalmente ante toda la sociedad y aprovechar para inaugurar su ridícula labor altruista de rescate de gatos piojosos y correosos.
—¡Aaaj, qué asco! Ya no sé qué es peor, que nos vaya a pegar unas de sus pulgas en el salón de clases o que tengas que posar en las revistas de sociales y glamour junto a esa bastarda —agregó Rubí tratando de ser solidaria con Camilia y lo que ellas consideraban como desgracia.
—La tuve que abrazar y besar en los cachetes, fue tan asqueroso, tenía ganas de vomitar —se quejó Camila una vez más.
—¡Puaf, puaj! ¡Qué asco! Cállate los ojos, ¿en serio?
—Sí, por eso me bañé en cuanto llegue al club.
—Y, ¿no te da miedo que te vaya a contagiar las pulgas? He escuchado que esos bichos contagian muchas enfermedades, entre ellas la enfermedad de Lyme, que te puede incluso llevar a un manicomio —dijo Ruby haciendose la muy intelectual.
—Sí es verdad, yo también vi la otra vez un reel en mi “Insta” que Justin Bieber padeció de eso y era como tener bipolaridad o algo así. ¡Ay, no, qué temor! —replicó Regina.
—¡Ay, amis, mi mundo se derrumbó! ¡Esa bastarda sólo ha llegado a mi vida para arruinarme la existencia! No sé cómo, pero tengo que deshacerme de ella y de todos su mugrosos gatos lo antes posible.
De pronto algo distrajo la plática de las tres chicas, era Aidan que pasaba cercas de ellas con una raqueta de tenis. Las jóvenes guardaron silencio mientras volteaban a verlo completamente embobadas.
Él tenía ese talento de causar esas emociones desatadas en todas las jóvenes que lo conocían o que simplemente lo veían por primera vez. Pues su porte, su intelecto y su personalidad eran absolutamente avasallantes, no había quién se pudiera resistir a sus encantos.
Su belleza física era tal, que el deleite espiritual que provocaba observar cada facción de su rostro y músculo de cuerpo, podía hacer a cualquier mujer enloquecer y quedar prendida y absorta en un éxtasis constante y sin final.
Aunado a eso, su excelsa inteligencia y habilidad para los deportes, lo convertía en la excelencia total en cualquier actividad intelectual o física que emprendiera. Y qué decir de su ostentosa posición económica, su padre era uno de los hombres más ricos e influyentes del mundo, y el número uno en su país.
Por si eso fuera poco, su nobleza de alma y corazón lo convertían en un buen samaritano, el hombre perfecto de cualquier mujer con los pies en la tierra y absoluto pragmatismo del amor en este mundo.
Todavía hay más, la cereza en el pastel: tenía 16 años al igual que aquellas tres jovencitas y estudiaba con ellas en el mismo grado de la preparatoria. Él al darse cuenta de la presencia de las jóvenes en el desayunador de aquel club, les dirigió una sonrisa y mirada tierna en forma de saludo. Luego giró suavemente la cabeza hacia otra parte y siguió de frente rumbo a su destino, dejándolas allí a las tres completamente estupefactas.
—Un hombre tan perfecto como él, sólo puede tener de pareja a una mujer tan perfecta como yo. Así que olvídenlo, nenas, ustedes no están a su nivel. Ese hombre es mío, y si alguna de ustedes dos o cualquier otra intenta interponerse en él y yo, la destrozaré en mil pedazos.
Tanto Regina como Ruby guardaron silencio y asintieron con la cabeza sin cuestionar las palabras de Camila. Pero cuando esta última bajo su rostro para beber un poco de su malteada dietética, las dos dizque amigas de ella se echaron unas discretas miradas y muecas de odio y reprobación hacia Camila.
Sencillamente, envidia e hipocresía, esa que abunda muy a menudo entre grupos de amigas unidas por frivolidad y conveniencia, y no tanto por afinidad espiritual y compañerismo emocional. Las dobles caras que a veces suele ofrecernos el destino cuando hay exceso de dinero y materialidad de por medio.