Capítulo 10 de 27
Poema de amor de Jorge Manrique y la metáfora de una entrega de amor total
—Yo soy quien libre me vi,
yo, quien pudiera olvidaros;
yo só el que, por amaros,
estoy, desque os conoscí,
«sin Dios, y sin vos, y mí».
Sin Dios, porque en vos adoro,
sin vos, pues no me queréis;
pues sin mí ya está de coro
que vos sois quien me tenéis.
Así que triste nascí,
pues que pudiera olvidaros.
Yo so el que, por amaros,
estó, desque os conoscí,
sin Dios, y sin vos, y sin mí».
—¡Profundo poema del maestro Jorge Manrique! Pero, ¿acaso, te has dado cuenta de la blasfemia que acabas de decir? Si alguien escuchara o leyera estos versos que me has dedicado, me llevarían a la hoguera.
«Porque eso dice ese libro del que tanto te hablé, que las mujeres hechizamos a los hombres y los alejamos de Dios, para esclavizarlos ante los placeres carnales de nuestros cuerpos en orgías auspiciadas por el maligno.
«No es que no te ame ni no desee ser amada, no es que no te desee o no desee ser deseada, es solo que no quiero ser condenada a los mismos penares que Eva fue juzgada.
—Yo no juzgo tu naturaleza, un beso y una caricia tuya no definen para mí ni maldad ni vileza en tu esencia e inteligencia.
—Los besos y caricias engendran dolores de parto y enfermedades en las mujeres; mientras que en ustedes los hombres, sólo placeres sin complicados menesteres. Por eso es tan fácil para ti amar y divagar, yo no quiero pasar el resto de mi vida esclavizada junto a un fogón cocinando para ti y pariendo como coneja sin cesar.
»Lo que a mí me gusta es cultivar mi mente leyendo mucho y sueño con algún día poder irme a viajar por los mares, para descubrir otros mundos y otras mentes como lo ha hecho Hernán Cortés.
»Aprender sobre más brebajes, ungüentos y pócimas para curar a los más desvalidos. Ayudar a los más desprotegidos, a los más necesitados. No me gustan las injusticias que ocurren en el mundo en el que vivo.
—Sé que te encantan los libros y por eso he conseguido este para ti, escuché que es subversivo y revolucionario, por eso pensé en ti. Se llama El príncipe, creí que tal vez te gustaría leerlo.
—¡Oh, Giliberto, ese ha sido un detalle muy amable de tu parte! He escuchado hablar de él y de su autor Maquiavelo, soñaba tanto con poder leerlo. Pero no puedo aceptarlo, sería algo muy indigno según mis designios.
»Dicen bien y cierto es que a mí me encantan mucho esas diligencias de leer, pero no podría permitirme recibir el obsequio de un libro por parte de un hombre que pretende mis cariños, pues sería quedar en deuda contigo.
»Y según es costumbre, la única forma en que una mujer puede agradecer los favores materiales de un hombre es dándole de sí misma sus cariños y candores.
—Yo nunca he dicho eso, Juana, no hay intención indigna en mis acciones. Te obsequio este libro de corazón sin pedirte a cambio ningún favor carnal ni matrimonial. Pensé que sería ideal para que lo compartieras con tus amigas en esos aquelarres que hacen a veces por las tardes.
—He aquí lo que te digo, niño. No eres consciente de tus propios designios, vendrás cada tarde a verme implorando mis cariños, mientras me colmas de regalos y favores. Si fuese verdad tu libertad, dejarías de implorar mi amor y harías familia con otra más sin dejar por ello de llenarme de detalles y flores.
»Y si fuésemos más allá, podrías seguir implorando mi amor sin preocuparte por cumplir ningún deseo ni favor mío. Pero te engañas, niño, y yo no quiero engañarme contigo. Si deseo ser libre, debo encontrar gran convicción para a mi bien individual concederlo, sin permitirme caer en el deleite de ser venerada y adorada de forma injustificada.
—Acéptalo, Juana de mis penas y mis condenas. Deja el orgullo a un lado y no me hagas este desaire, por favor. He viajado hasta muy lejos sólo para conseguirlo y después traerlo hasta a ti, sólo di que sí y olvida aunque se por un instante cualquier precepto de tu designios.
—De acuerdo, Giliberto, aceptaré este detalle de tu parte, porque en verdad es un libro que tengo mucha curiosidad por conocer. Pero a cambio te suplicaré que aceptes estas monedas que he traído conmigo —dijo Juana mientras sacaba de sus bolsillos unas monedas y las colocaba en las manos de Giliberto—. Así como he pagado por todos los libros que he conseguido hasta este día de mi vida, así hoy es bien debido que también lo haga con este.
—Si eso te hace sentir bien, respetaré tu voluntad. Guardaré estas monedas y me iré con ellas. Pero ahora hazme tú otro favor a mí, acepta estos pergaminos en donde te he transcrito esos dos poemas que he recitado a tu oído —Suplicó el joven mientras colocaba los pergaminos en las manos de la joven.
Ella le sonrió con ternura y profundamente conmovida. Por un instante permanecieron ambos mirándose fijamente a los ojos mientras estaban tomados de las manos con el pergamino de los poemas en medio de ellas. Después de ese momento mágico, Juana colocó los pergaminos en su bolsillo y con la mano derecha acarició suavemente la mejilla de Giliberto.
—Si te doy un beso ahora, promete que lo habrás olvidado para mañana y para siempre.
—No, Juana, amada mía. No pidas imposibles al alma mía.
—Deseo un beso tuyo Giliberto, pero no quiero aprisionar mi libertad sólo por este deseo tan profundo que nace de mi cuerpo.
—Yo quiero ese beso y ese deseo tuyo, pero no me condenes a dejar morir lo que deseo que sea eterno.
Ambos guardaron silencio y volvieron a mirarse a los ojos. Sus cuerpos se fueron acercando poco a poco, hasta que quedaron tan cerca uno del otro, que hicieron danzar con compás y cadencia los latidos de sus corazones prisioneros en sus cuerpos.