Sinopsis

Mi Crush es un Michi

Capítulo 3 de 27

La llegada del michi Kaled romperá la maldición del número 13

Febrero loco y marzo otro poco, llueve de repente sin previo aviso y sin que nadie tenga la capacidad de evitarlo. Así es la extinción de la vida, locamente imprevisible e inevitable. Yetzirah lo comprendió aquella tarde mientras caminaba de regreso a casa después del entierro de sus abuelos en el panteón, un torrencial de agua fría y neblina sombría inundaban las calles. 


Truenos y relámpagos taladraban con una tétrica luz fugaz a aquellos callejones carentes de alumbrado público. Ventarrones refrescando más el ambiente y dotando de un zumbido tenebroso al aire. El lodo de las calles sin pavimentar se adhería a los delgados pies Yetzirah, mientras los arroyos de agua de lluvia aumentaban cada vez más su nivel debido a las rejas de las alcantarillas obstruidas con basura.


Ya no se sabía donde comenzaban ni donde terminaban las gotas de lluvia y las gotas de sus lágrimas, ambas parecían una misma. Estaba empapada, pero eso era lo que a ella menos le importaba, caminaba para ahorrar los 20 pesos del transporte y comprar whiskas a sus gatos.


Sus pensamientos estaban en todos lados y en ninguna parte, sumidos dentro de sí mismos o hundidos fuera en las alcantarillas. Las calles estaban desiertas, ningún carro ni ningún otro ser humano transitaba por ellas. 


Yetzirah iba sola por aquellos senderos terregosos y oscuros olvidados de la mano de Dios, cuando de pronto un ligero chillido interrumpió aquel oscuro espectáculo desolador. La joven se detuvo por un momento para tratar de escuchar con más claridad qué era aquel chillido, pero no oyó más. Volvió a dar dos pasos y nuevamente el chillido volvió a zumbar no muy lejos de allí. 


Parecía que alguien se quejaba, pero el hilo del sonido del chillido era muy leve y frágil, resultaba imposible saber de dónde provenía.


 —¿Hay alguien allí? —preguntó la joven alzando un poco la voz, pero no recibió respuesta alguna.


Por un rato permaneció parada en ese lugar esperando escuchar de nuevo aquel extraño chillido, pero al no volver a oirlo pensó que tal vez sería sólo el silbido del viento. Por lo que decidió continuar caminando rumbo a casa, pero esta vez el chillido se escuchó más cerca y pudo distinguir que se trataba del maullido de un gato. 


—¡Gatito, ya voy, esperame! Dime dónde estás, sigue maullando, por favor. Guíame hasta donde estés, yo iré por ti. No temas, no estás solo, yo estoy aquí para ti.


Pareciera como si el gatito hubiera entendido aquellas palabras y no paraba de maullar para que Yetzirah lo pudiera ubicar con su maullido. El maullido venía de un callejón cerrado por una cerca, lo cual no le importó a Yetzirah, y como pudo saltó el cercado y fue a auxiliar a aquel gatito desprotegido. 


Cuando por fin tuvo al gatito frente a su vista, el espectáculo fue desolador. El pobre animalito estaba atrapado en una cerca llena de púas con pequeñas laceraciones en su pelaje, y en cualquier pequeño movimiento que él intentara hacer para librarse de allí, se rasgaba el cuerpo con las púas. Todo su pelaje negro constrastaba con los chorros de sangre que brotaban de sus heridas provocadas por aquellas púas. 


Acostumbrada a rescatar gatitos de la calle, corrió rápidamente al auxilio de aquel minino, que evidentemente estaba padeciendo un gran dolor. Pero después de tantos intentos por rescatarlo se dio por vencida al ver que sólo lo estaba lastimando con aquellas púas. Cayó al suelo desolada y comenzó a llorar mientras acariciaba suavemente el pelaje negro del gatito desnutrido, sabrá Dios cuántos días llevaría allí atrapado.


—Perdóname, gatito, te he fallado. No puedo liberarte de aquí. Si tiro un poco más, vas a herirte más de lo que ya estás. No quiero que sufras por mi culpa, pero no me iré de aquí, no te abandonaré. 

»Si está escrito que no puedas liberarte de este cercado lleno de púas, también está escrito que yo no deba alejarme de aquí. Me quedaré aquí junto a ti para siempre, amanecer tras amanecer, atardecer tras atardecer, anochecer tras anochecer. 

»Ambos padecemos un gran dolor, tú en el cuerpo y yo en el alma, tú prisionero de esas púas y yo prisionera de esta gran amargura, sólo nos queda unir nuestros corazones para poder sobrellevar juntos esta gran desesperanza.


Y allí derrotada y encorvada sobre el piso húmedo comenzó a sollozar en silencio sin soltar la mano del gatito, que maullaba cada vez más levemente, como si su vida se estuviera apagando de poco a poco. Cuando ya no se escuchó más el maullido del minino, Yetzirah reaccionó de pronto, como un golpe de viento intenso en su interior saliendo de aquel trance de profunda desolación, y se levantó impulsivamente del suelo para intentar rescatar al animalito de aquella trampa llena de púas. 


Para ese instante el gatito ya había perdido la consciencia, ya no maullaba, pero un leve palpitar de su abdomen le indicaba a la joven que todavía había esperanza. Entre llantos y sollozos, suplicante pedía al animalito que permaneciera con ella, mientras hacía todo lo humanamente posible por rescatarlo.


—Resiste, gatito lindo. No te vayas, por favor, quédate conmigo. Aguanta, por favorcito. Quédate junto a mí. No me abandones, tú no, por favor. Te prometo que si te quedas conmigo, te llenaré de mucho amor y felicidad. Resiste un poquito más, solo un poquito más. En casa tenemos 13 gatitos esperándonos, tenemos que ir a llevarles sus whiskas. Mira, hoy también caminé y ahorre los 20 pesos del pasaje para poder comprar los whiskas —dijo la joven mientras sacaba los 20 pesos del bolsillo de su pantalón para mostrarlos al gatito moribundo, que ya tenía los ojitos cerrados, pues ya no tenía fuerzas ni para mantenerlos abiertos. 


¿Morirá este gatito negro en brazos de Yetzirah o podrán ambos regresar juntos a casa y formar una linda familia con los otros 13 gatitos que esperan ansiosos sus 20 pesos de whiskas?