Capítulo 2 de 27
Un gran secreto sale a la luz y mis abuelitos me dicen adiós
—Pero yo no tengo para pagar los gastos del hospital, señorita —dijo Yetzirah con un hilo de voz quebradiza a la trabajadora social del hospital público.
—Tú no te preocupes por eso, jovencita, no te cobraremos nada, entendemos tu situación. Pero necesitas tener presente que tus abuelos están muy delicados, ya están grandes y es casi imposible que puedan continuar en esta batalla. Los doctores dicen que ya están conscientes y desean hablar contigo, tal vez sea la última vez que puedas hacerlo. Hay algo muy importante que tienen que decirte.
Después de hablar esto, la trabajadora social dirigió a Yetzirah hasta las camas de habitación en donde se encontraban sus abuelitos.
—Los dejaré solos para que puedan platicar con confianza, yo te estaré esperando afuera, Yetzirah —dijo la trabajadora social mientras cerraba la puerta de la habitación de la clínica.
Yetzirah permaneció de pie sin pronunciar palabras, estaba hundida en una profunda melancolía. Sólo se limitaba a mirar a sus dos abuelos con desconcierto. Cada uno estaba recostado en una camilla de hospital individual, que las enfermeras amablemente habían puesto una junto a la otra, para que pudieran continuar lo más cercanas posible.
—Ven acércate, Yetzi —le dijo dulcemente su abuela mientras le hacía un gesto con la mano para que se acercara y la sujetara—. Tu abuelo y yo tenemos algo muy importante que decirte.
Yetzirah caminó lentamente como en piloto automático para acercarse junto a sus abuelos, un nudo inmenso oprimía su pecho y le asfixiaba la garganta, sabía que ellos ya estaban a punto de morir y eso la había destrozado por completo.
No quería flaquear ni mostrar alguna señal de dolor, estaba luchando con todas sus fuerzas para no dejar que ellos la vieran llorar. Necesitaba mostrar fortaleza, lo que menos poseía en aquel instante amago de su vida.
Cuando por fin llegó junto a la cama de hospital de su abuela, esta tomó la mano de la joven y luego con gran dificultad trajo también la mano de su abuelo junto a las de ellas dos. Así quedaron los tres unidos de la mano, la mano del abuelo pasaba por encima del cuerpo de la abuela para lograr estar junto a la de Yetzirah.
—Antes que nada, queremos pedirte perdón, mi niña. Todo este tiempo de mentimos, porque le hicimos ese juramento en su lecho de muerte a tu madre que en paz descanse. Pero ahora que ha llegado nuestra hora, tenemos miedo de dejarte aquí sola y desprotegida. Por eso tu abuelo y yo tomamos la decisión de decirte la verdad. Tu padre no está muerto como te hicimos creer. él vive y tienes que buscarlo, tienes que pedirle que se haga cargo de ti, que no te deje desprotegida.
—Lo sé, abuelitos, siempre lo supe. La gente habla mucho, aunque ustedes callaron los chismosos de los vecinos no. Sé que él abandonó a mi madre cuando se enteró de que estaba embarazada de mí. Él no me quiere, nunca me quiso, nunca le importé. No iré a suplicar nada, no lo necesito. Odio a ese hombre, no quiero saber nada de él. Él no es mi padre, mis únicos padres son ustedes dos, nadie más.
—Pero nosotros ya no vamos a estar aquí, nos vamos, ha llegado nuestra hora. No queremos que te lleven a vivir a un orfanato, esos lugares no nos dan confianza, no queremos que te pase nada malo. Aún eres menor de edad, en cuanto nosotros nos vayamos, el gobierno te encerrará en ese lugar, no te dejarán tener a tus gatitos allí contigo. Te separarán de ellos, y no hay necesidad, tu padre es un hombre muy poderoso. Es un empresario dueño de muchos negocios, es multimillonario. A su lado ni a ti ni a tus gatitos les pasará nada, te ayudará a poder estudiar tu carrera de veterinaria —decía suplicante la anciana sin soltar en ningún momento la mano frágil y temblorosa de su nieta.
—Deja el orgullo, niña, por favor, busca a tu padre y exígele que se haga cargo de ti. Ya lo hablamos con la trabajadora social, ella te ayudará a encontrarlo —dijo el abuelo al ver la cara desvalida y renuencia de la joven por acatar la petición de su abuela convaleciente.
—¡No quiero que se vayan, abuelitos, no quiero que me dejen, por favor, no me dejen sola en este mundo! Qué va a ser de mí sin ustedes, no me abandonen, abuelitos, por favor. Los necesito aquí junto a mí, no quiero perderlos, por favor, por favor, por favorcito, abuelitos, por favor. ¡Dios, no me los quites, no, por favor,nooooo! —dijo la joven rompiendo en llanto, sin poder contener más su profundo dolor y frustración ante la impotencia de estar a punto de ver morir a sus dos seres queridos que la cuidaron y a los que amó como dos padres.
El llanto de Yetzirah se convirtió rápidamente en un ataque de nervios y sus sollozos se escucharon como un fuerte estruendo que recorrió rápidamente todos los pasillos de aquel hospital público. Al grado que tuvieron que sacarla de la habitación y sedarla para evitar alterar a los abuelos convalecientes.
Fue así como los abuelitos de Yetzirah partieron de este mundo mientras ella se encontraba inconsciente y sedada, sin tener la oportunidad de poder despedirse de ellos. El dolor más grande estaría a punto de llegar cuando pasara el efecto de los sedantes y ella volviera en sí sólo para escuchar la fatal noticia: la partida definitiva de sus dos seres humanos más queridos en este mundo.
Ahora sólo serán ella y sus 13 gatitos, nadie más. ¿La obligarán a permanecer en un orfanato sin dejar que los tenga con ella? ¿Los perderá también a ellos? ¿Buscará a su padre millonario para no tener que ir al orfanato y evitar así perder a sus gatos?