Capítulo 2 de 3
El Desafío del Mole Quemado
La fama de Bernardo trascendió las fronteras del pueblo el día en que llegó a la comarca Doña Gertrudis, la cocinera más despiadada y temperamental del estado. Se decía que Doña Gertrudis había hecho llorar a tres alcaldes solo con la mirada y que sus guisos eran tan potentes que podían despertar a un muerto.
Para las fiestas patronales, Doña Gertrudis preparó su obra maestra: El Mole de las Siete Espadas. Sin embargo, en un descuido provocado por un chisme sobre el cura del pueblo, la base de la gran cazuela de barro gigante se asentó.
El pánico cundió en la cocina. El fondo se había pegado. Era una costra espesa, oscura, casi fosilizada.
—¡Arruinado! —bramó Doña Gertrudis, levantando un cucharón de madera como si fuera a ejecutar a alguien—. ¡Nadie puede limpiar esto! Habrá que tirar la cazuela a la barranca.
Fue entonces cuando la puerta de la cocina se abrió de golpe. Entre el humo de los fogones emergió Bernardo. Llevaba una servilleta al cuello a modo de capa y una sonrisa de absoluta confianza.
—Apártense, aficionados —dijo Bernardo con voz grave—. Dejen trabajar al profesional.