Capítulo 1 de 3
El Don de la Lengua
En la villa de San Pedro del Cucharón no se hablaba de reyes, ni de caballeros, ni de sabios. Se hablaba de Bernardo, a quien todos conocían simplemente como El Lame Cazuelas.
Bernardo no poseía tierras, ni fortuna, ni un trabajo formal en el sentido moderno de la palabra. Su profesión era más refinada, más espiritual: el control de calidad de lo pegado. Mientras otros veían en el fondo de una olla de barro un residuo inservible, él veía una obra de arte. Un remanente de mole, un raspadito de arroz con leche o la costra dorada de una salsa de chicharrón eran para él tesoros dignos de un museo.
—La esponja es el enemigo del sabor —solía decir Bernardo, mientras la tía Rosa intentaba espantarlo del fogón con un trapo mojado—. ¿Para qué vas a gastar jabón y agua, tía, si mi lengua deja el barro brillando como si fuera cristal de Bohemia?
—¡Sal de aquí, zángano! —gritaba la tía Rosa—. ¡Esa cazuela era para los invitados de la noche!
Pero ya era tarde. Bernardo había realizado su maniobra estrella: la barrida circular. En un abrir y cerrar de ojos, la cazuela de mole poblano estaba tan pulida que la tía Rosa pudo usarla para acomodarse el peinado.